La receta de mi abuela: Entusiasmo al pil pil

AbuelaMi abuela solía argumentarme siempre con un mismo principio básico. Ante cada desánimo, apatía o frustración que sufría, ante cada dificultad, caída o obstáculo que me encontraba… “David, pase lo que pase nunca pierdas el entusiasmo, mientras así sea, los malos momentos siempre serán meros pasajeros de un tren que brilla con luz propia”. Mi abuela conocía un principio de un valor incalculable, un principio que debería ser la biga de cada individuo, familia o empresa. El entusiasmo no es genético. No es “lo que te pasa”, es “cómo reaccionas ante lo que te pasa”, y esta forma de reaccionar la decidimos nosotros a cada segundo de nuestra vida, nadie más, sólo nosotros.

Mi gran amigo Vivi es un fanático del optimismo y el entusiasmo, hace años me mandó algo que me impactó, bien podría haber sido escrito por mi abuela, pero no era el caso, era una carta escrita por Luca Cordero di Montezemolo, presidente de Ferrari.

La carta se la dan a todos los empleados, desde el mas alto puesto hasta el menos pagado, todos por igual. La carta dice esto:

“Puedes hacer cualquier cosa que te propongas si tienes entusiasmo.

El entusiasmo es la levadura que logra que tus esperanzas alcancen las estrellas.

El entusiasmo es el brillo en tus ojos,

es el balanceo en tu caminar,

es apretar el puño con fuerza, es la irresistible oleada de tu voluntad,

es la energía que ejecuta tus ideas.

Los entusiastas son luchadores.

Tienen fortaleza, tienes cualidades que siempre permanecen.

El entusiasmo es la base de todo progreso.

Con él, hay logro.

Sin él, sólo hay excusas.”

Luca Cordero di Montezemolo Continuar leyendo “La receta de mi abuela: Entusiasmo al pil pil”

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La suerte

Los hay que culpan a la fortuna por todas sus desgracias o tropiezos, por cada perdida que sufren, por todo aquello que no consiguen realizar o todo aquello que llega a su vida en silueta de frustración, como si estuvieran malditos por algún poder divino, que espera agazapado cada movimiento que hacemos para impedir que tengamos éxito o para forzar que la cosas de nuestro alrededor nunca nos dediquen una cálida sonrisa… También los hay que desprecian al azar, aseguran que todo depende de ellos mismos, que la suerte no existe, que ellos tienen la totalidad del control a cada paso que dan o del destino que construye la vida instante a instante, como si hubieran sido obsequiados con dones sobrehumanos capaces de adelantarse a los designios de lo imprevisible, a las aleatorias decisiones y deseos de las personas o a los caprichos que la vida ejecuta sin pedirnos permiso, ni siquiera opinión…

Vivir pensando que no levantamos cabeza y que nada nos sale por mala suerte, o pensar que hemos sido señalados como el archienemigo del dios fortuna (por cierto, no somos tan importantes para tan destacado papel), es tan fantasioso y nocivo como puede serlo intentar salir de la estratosfera montado en una paloma, poco probable que la misión se complete. Afrontar la vida con esta filosofía es el sinónimo de responsabilidad cero, todo queda justificado con un “tengo mala suerte” o con un “la vida nunca me acompaña”. Con esta filosofía nada es tu culpa, cuando decepcionas o fallas a alguien e incluso a ti mismo, el culpable no eres tu, es la mala suerte; cuando no consigues darle la vuelta a una situación complicada, tu no puedes hacer más, los astros se han alineado de tal manera que hacen imposible salir de ahí; cuando no consigues tus objetivos, “que voy a hacer? algunos nacen con estrella y otros nacemos estrellados”. Con esta filosofía se es una víctima permanente. No hay lugar a la reflexión, no caben autocríticas, ni la posibilidad de aceptar que nos hemos equivocado. Tu siempre lo haces bien pero el universo te desafía constantemente a un duelo que siempre tiene un perdedor, tú. Continuar leyendo “La suerte”

El intercambio

Vivimos en un mundo repleto de leyes, algunas de ellas quedan escritas para disgusto de la anarquía y sus secuaces, leyes en forma de códigos civiles, penales, sociales, morales e incluso religiosos para los más creyentes. Otras de ellas se encargan de recordarnos lo pequeños, frágiles e insignificantes que podemos llegar a ser para el universo, leyes físicas como la gravedad, la inercia o la ley termodinámica, leyes que rigen el mundo y están totalmente fuera de nuestro alcance y control. Y no me puedo olvidar de esas leyes que no están escritas en lugar alguno y pese a ello, marcan nuestro comportamiento día a día, leyes éticas, de aprobación social, de convivencia, de respeto, de complicidad, de actitud… Un inagotable número de leyes no escritas que podemos seguir o ignorar, es exclusiva decisión de cada uno de nosotros posicionarnos en torno a ellas, eso sí, más tarde el tiempo se encargará de juzgarnos (tal vez en algunos casos la condena por infracción sea bastante peor que la que dictan las leyes escritas).

Una de estas leyes no escritas que más llama mi atención es la del intercambio, se trata de una ley silenciosa y sutil, apenas hace ruido, puede incluso parecer que no está en nuestras vidas, pero está ahí constantemente y es claramente determinante, actúa como esos grifos que damos por cerrados pero siguen goteando pausada e incesantemente. La vida es puro intercambio, no me malinterpretéis, no hablo de grosero materialismo ni de mezquino interés, el intercambio no tiene porque estar ligado a ellos, se puede intercambiar dulzura, respeto, implicación, comprensión, trabajo duro, talento, mimos, liderazgo, amor o cualquier cosa que pueda ser entregada aunque sea de forma intangible. En el trabajo, en la amistad, en la familia, en la pareja… en cada ámbito de la vida que supone contacto entre personas, lo que intercambiamos es lo que define el nivel que alcanzará la relación (salvo escasas excepciones, que desconozco). De ahí que las preguntas sean bien sencillas, Ofrecemos algo? O vivimos de la caridad?… Continuar leyendo “El intercambio”

Fallar para vivir

“No pierdes nada por intentarlo”, “El no ya lo tienes”, “lo único que puede pasar es que te quedes igual que estabas”. Estas frases son más que recurrentes en la jerga global española. Nos encanta usarlas, nos resulta muy fácil darlas como consejo cuando alguien nos lo pide, pero muy difícil cogerlas cuando alguien nos lo da. Si estas afirmaciones fueran ciertas, no habría consejos que reclamar o entregar, todos intentaríamos conseguir todo lo que anhelamos sin ningún tipo de inconveniente, pero no lo son. Es por ello que no es tan sencillo lanzarse por lo que queremos, porque cuando lo hacemos tenemos cosas que perder, y aunque también que ganar, parecemos enganchados a valorar más lo que podemos perder que lo que podemos ganar, incluso cuando sentimos con certeza que ese cambio podría significar el comienzo de algo maravilloso. Así lo veo yo:

No pierdo nada por intentarlo? Si, si que pierdo cuando lo intento y fallo. Pierdo la lucidez de tener un objetivo definido que apunta el camino a seguir, la motivación de un día a día sujeto a la posibilidad de que se haga realidad, la fuerza que te da mirar a ese objetivo cada día y susurrarle que algún día estarás junto él, la confianza que queda cubierta de dudas en forma de mil preguntas; donde lo hice mal?, no estaba preparado?, me precipite? no soy lo suficientemente bueno?, me ha faltado realismo?, me ha engañado mi propia intuición?…

El no ya lo tengo? No, no lo tengo. Tengo una bonita incógnita en la que descansan mis ilusiones, una incógnita muy valiosa que sirve de cuenta cuentos para todas aquellas noches que se sublevan contra mi armonía, para todos aquellos días carentes de cualquier tipo de sentido, una incógnita que no juzga mis errores o carencias, ni lo hará jamás. Una incógnita que me cuenta justo lo que yo quiero oír y nunca me traicionará…

Por lo tanto, el no, no me dejaría igual que estaba, ni siquiera parecido a mi estado anterior. Sí me deja con las manos igual de vacías pero con la mente mucho más perdida, el corazón pidiendo silla de ruedas, el ánimo buscando coartada para creer una vez más y el sistema operativo suplicando que pulsemos “reset” para poder volver a empezar… Continuar leyendo “Fallar para vivir”